Continuando con la narración de las vacaciones, que dejé un poco aparcado, toca el turno a la segunda etapa de las mismas, y tras un día de poner lavadoras y planchar ropa, nos fuimos a París, pero no a conocer la ciudad (ya la visitamos esta pasada primavera), sino al Parque de Disney.

Personalmente me encantan los parques temáticos, de atracciones, las ferias y cualquier clase de recinto que albergue en su interior estas máquinas de diversión. Si a estos aparatos le sumamos aquellos personajes que me transladan a una infancia feliz, y del que además puedo disfrutar en compañia de mi mujer y mi hijo, el resultado es tres días de ensueño inmerso en el mágico mundo que Walt Disney creó para grandes y pequeños.

Nos alojamos en el Davy Crockett Ranch a unos kilómetros del parque, por lo que necesitábamos coche para desplazarnos. El complejo está ambientado en lo que yo recordaba como el club de los exploradores al que asistían los sobrinos de Donald (Jóvenes Castores). Pequeñas cabañas acondicionadas con cocina americana, que pueden llegar a alojar hasta un total de 6 personas.

Las atracciones del parque son casi las mismas que cuando fui el año de la apertura, pocos cambios he descubierto, pero no me fue necesario mucho más para pasarlo en grande. Destaco la Space Mountain (no apta para menores) y Indiana Jones (tampoco apta para menores). Para los peques cualquier atracción es buena, ellos saben divertirse con cualquier cosa.

Además del parque de Disneyland, justo al lado han hecho un nuevo parque, al que también teníamos acceso, y al que pudimos entrar con la misma entrada del Disneyland, se llama el Walt Disney Studios, es pequeño, se ve en un solo día pero merece la pena, sobre todo para mí que soy un entusiasta de Disney, que le vamos a hacer.